Aristoteles y la virtud

Biografía

Aristóteles
(384-322 a. de C.)

Aristóteles nació en el 384/383 a. de C. en Estagira, en la frontera macedonia. Su padre, llamado Nicómaco, era un excelente médico que estaba al servicio del rey Amintas de Macedonia (padre de Filipo de Macedonia). Es presumible, por lo tanto, que durante cierto tiempo el joven Aristóteles, junto con su familia, haya vivido en Pela, donde se hallaba el palacio de Amintas, y allí haya frecuentado la corte. Sabemos con certeza que a los dieciocho años, es decir, en el 366/365, Aristóteles –que había quedado huérfano años atrás- viajó a Atenas e ingresó casi enseguida en la Academia platónica.

Fue precisamente en la escuela de Platón donde Aristóteles maduró y consolidó su propia vocación filosófica de una manera definitiva, hasta el punto de que permaneció en la Academia durante veinte años, abandonándola solamente sólo a la muerte de Platón. En la Academia Aristóteles trabó conocimiento con los científicos más famosos de aquella época, empezando por el célebre Eudoxo. Probablemente fue éste el personaje más influyente durante los primeros años en que Aristóteles frecuentó la Academia, período durante el cual Platón pasó una temporada en Sicilia.

En el 343/342 comienza un nuevo período en la vida de Aristóteles. Filipo el Macedonio lo llama a su corte y le confía la educación de su hijo Alejandro, personaje que estaba destinado a revolucionar la historia griega y que en aquel momento tenía trece años. Sin embargo, nos ha llegado una información muy escasa acerca de las relaciones que se establecieron entre los dos personajes excepcionales –uno de los más grandes filósofos y uno de los más grandes políticos de todos los tiempos- que la suerte quiso unir. Si bien es cierto que Aristóteles pudo compartir la idea de unificar las ciudades griegas bajo el cetro de Macedonia, no entendió en ningún momento la idea de helenizar a los bárbaros y equipararlos con los griegos.

Finalmente, en el 335/334, Aristóteles regresó a Atenas y alquiló algunos edificios cercanos a un pequeño templo consagrado a Apolo Liceo, de donde proviene el nombre de “Liceo” atribuido a la escuela.

Éstos fueron los años más fecundos en la producción de Aristóteles, cuando se llevaron a cabo y se sistematizaron los tratados filosóficos y científicos que han llegado hasta nosotros. Falleció en el 322 a. de C., después de uno pocos meses de exilio.

Fuente de información:

Giovanni Reale y Dario Antiseri. Historia del pensamiento filosófico y científico. Vol. I. Antigüedad y Edad Media. Barcelona: Editorial Herder, 1991.

La teoria de la Virtud

En la teoría de la virtud se echa de ver en seguida de un modo especial que Aristóteles es un hombre de la experiencia. Define, divide y describe la virtud con un asombroso sentido práctico y la mirada abierta a los más variados detalles, y señala asimismo las vías prácticas que llevan a ella. Lo que aquí nos da Aristóteles puede considerarse como la primera fenomenología de los valores y a la vez como la fundamentación filosófica de una fenomenología del carácter humano. La virtud es para Aristóteles “aquella actitud de nuestro querer que se decide por el justo medio, y determina este medio tal como suele entenderlo el hombre inteligente y juicioso”. (Ética a Nicómaco, 1106b).

Más breve, virtud es el natural obrar del hombre en su perfección. Y puesto que la naturaleza específica del hombre consiste en su ser racional, y este ser racional se escinde en pensar y querer, tenemos ya con ello los dos grandes grupos capitales de virtudes: las virtudes noéticas y las virtudes éticas. Las virtudes dianoéticas son las perfecciones del puro entendimiento, tal como se dan en la sabiduría, en la razón y el saber; donde, como se comprenderá, el conocer se ejercita por el conocer mismo, por amor de la pura intuición de la verdad. Hasta aquí el campo de la razón teorética. Igualmente las tenemos en el arte, o facultad de hacer (tecné), y en la perspicacia y prudencia, saber práctico o razón práctica.

Es esta terminología se advierte la huella del socratismo y del platonismo; si no es las palabras, sí en la realidad se concibe la vida entera del hombre desde un punto de vista netamente intelectualista, sin negar que con su distinción entre razón teórica y razón práctica se acerca Aristóteles más que aquellos sus maestros a la realidad. Las virtudes éticas. Mayor acercamiento a ésta envuelve aún su introducción del concepto de virtud ética. Con ello persigue expresamente el fin de hacer justicia al hecho del querer, como peculiar facultad espiritual fundamentalmente distinta del mero saber.

Las virtudes éticas tienen efectivamente su campo de acción en el sometimiento del cuerpo y de sus apetitos al dominio del alma. Ciertamente Aristóteles sigue aquí huellas de la psicología platónica, que ya admitía en el alma una parte dominadora y una parte que se ha de dominar, y rechazaba la reducción socrática de toda virtud al saber; pero le cabe a Aristóteles el mérito personal de haber descrito esta nueva realidad más exacta y comprensivamente dirigiendo su mirada al campo de las virtudes éticas, que entran en cuestión, y describiéndolas fenomenológicamente en sus específicas propiedades, caracterizando así con mano maestra la valentía, el dominio de sí, la liberalidad, la magnanimidad, la grandeza del alma, el pundonor, la mansedumbre, la veracidad, la cortesía, la justicia y la amistad.

El sentido realista aparece de nuevo en Aristóteles al tocar el tema del nacimiento y desarrollo de la virtud. Ve claramente la importancia que para ello tiene un buen natural; aprecia el conocimiento especulativo de los valores que necesariamente ha de añadirse aun a la mejor índole; hace especial hincapié en el consciente esfuerzo personal hacia el bien, sin caer en la desorbitada tesis socrática de la enseñabilidad de la virtud; tiene en mucho la aportación al perfeccionamiento moral que significa una buena educación, y apunta sobre todo al ejercicio y a los hábitos adquiridos como factores decisivos. Un hombre se hace constructor construyendo bien; igualmente se hará uno sobrio y justo ejercitándose prácticamente en vencerse y pensando y obrando rectamente.

En una visión enteramente realista asienta Aristóteles que el más seguro camino para la virtud viene a ser prácticamente la ley, que encauza la conducta del hombre por ciertas vías. Una tal legalidad no es ciertamente la moralidad ideal, pero es, material y objetivamente considerada, algo digno y valioso, habida cuenta de que el hombre medio y corriente no suele conducirse por ideales filosóficos o éticos, sino que más bien conforma su obrar con la ley y la costumbre.

Fuente de información:

Johannes Hirschberger Historia de la filosofía. Barcelona: Editorial Herder, 1981.

 

 

 
 
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