Leonardo Boff y su Filosofía

Porque consideramos a Leonardo Boff un importante representante del pensamiento Humanista Latinoamericano ,aqui una breve selección de su vasta obra .
Estimado lector, las publicaciones más recientes de Mayéutica Educactiva pueden verse en https://mayeuticaeducativa.wordpress.com/

Algunos datos personales

Leonardo Boff nació en Concórdia, Santa Catarina (Brasil), el 14 de diciembre de 1938. Es nieto de emigrantes italianos venidos del Veneto a Rio Grande do Sul a finales del siglo XIX. Hizo sus estudios primarios y secundarios en Concórdia-SC, Rio Negro-PR y Agudos-SP. Estudió Filosofía en Curitiba-PR y Teología en Petrópolis-RJ. En 1970 se doctoró en Teología y Filosofía en la Universidad de Munich-Alemania. Ingresó en la Orden de los Frailes Menores, franciscanos, en 1959. (…)

En 1992,(…) renunció a sus actividades sacerdotales y se autopromovió al estado laico. “Cambio de trinchera para continuar en la lucha”: sigue como teólogo de la liberación, escritor, profesor y conferencista en los más variados auditorios de Brasil y del extranjero, asesor de movimientos sociales de cuño popular liberador, como el Movimiento de los Sin-Tierra y las Comunidades Eclesiales de Base (CEB’s), entre otros. En 1993 presentó concurso, y fue aprobado, como Profesor de Ética, Filosofía de la Religión y Ecología en la Universidad del Estado de Río de Janeiro

El rescate de la utopía

En el desamparo en que se encuentra la humanidad actual se hace urgente rescatar el sentido libertador de la utopía. En verdad, vivimos en el ojo de una crisis de civilización de proporciones planetarias. Toda crisis ofrece oportunidades de transformación y riesgos de fracaso. En la crisis se mezclan miedo y esperanza, especialmente ahora que estamos ya dentro del proceso de calentamiento planetario. Necesitamos esperanza. Ella se expresa en el lenguaje de las utopías. Éstas, por su naturaleza, nunca van a realizarse totalmente, pero nos mantienen caminando. Bien dijo el irlandés Oscar Wilde: «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser observado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad siempre atraca, partiendo enseguida hacia otra tierra aún mejor». En Brasil, el poeta Mário Quintana observó acertadamente: «Si las cosas son inalcanzables… ¡oye!/No es motivo para no quererlas/¡Que tristes los caminos si no fuera/la mágica presencia de las estrellas!».

La utopía no se opone a la realidad, mas bien pertenece a ella, porque ésta no está hecha solamente de aquello que es, sino de lo que todavía es potencial y que un día puede ser. La utopía nace de este trasfondo de virtualidades presentes en la historia y en cada persona. El filósofo Ernst Bloch acuñó la expresión principio-esperanza. Por principio-esperanza, que es más que la virtud de la esperanza, él entiende el inagotable potencial de la existencia humana y de la historia, que permite decir no a cualquier realidad concreta,a las limitaciones espacio-temporales, a los modelos políticos y a las barreras que cercenan el vivir, el saber, el querer y el amar.

El ser humano dice no porque primero dijo sí: sí a la vida, al sentido, a los sueños y a la plenitud ansiada. Aunque de manera realista no entrevea la plenitud total en el horizonte de las concretizaciones históricas, no por eso deja de anhelarla con una esperanza que jamás se apaga. Job, casi a las puertas de la muerte, podía gritar a Dios: «aunque me mates, aun así espero en Ti». El paraíso terrenal narrado en Génesis 2-3 es un texto de esperanza. No se trata del relato de un pasado perdido que añoramos, es más bien una promesa, una esperanza de futuro hacia cuyo encuentro caminamos. Como comentaba Bloch: «el verdadero Génesis no está al principio sino al final». Sólo al término del proceso evolutivo serán verdaderas las palabras de las Escrituras: «Y vio Dios que todo era bueno». Mientras evolucionamos no todo es bueno, sólo es perfectible.

Lo esencial del Cristianismo no reside en afirmar la encarnación de Dios −otras religiones también lo hicieron−, sino en afirmar que la utopía (aquello que no tiene lugar) se volvió eutopía (un lugar bueno). Hubo alguien en cuya muerte no sólo fue vencida la muerte, lo que todavía sería todavía poco, sino en quien irrumpieron interior y exteriormente todas las virtualidades escondidas en el ser humano. Jesús es el «novísimo Adán», en expresión de san Pablo, el homo absconditus ahora revelado. Pero él es sólo el primero entre muchos hermanos y hermanas; nosotros le seguiremos, completa san Pablo.

Anunciar tal esperanza en el actual contexto sombrío del mundo no es irrelevante. Transforma la eventual tragedia de la Tierra y de la Humanidad, debida a amenazas sociales y ecológicas, en una crisis purificadora. Vamos a hacer una travesía peligrosa, pero la vida estará garantizada y el Planeta todavía se regenerará.

Los grupos portadores de sentido, las religiones y las Iglesias cristianas deben proclamar desde lo alto de los tejados semejante esperanza. La hierba no creció sobre la sepultura de Jesús. A partir de la crisis del viernes de la crucifixión la vida triunfó. Por eso la tragedia no puede tener la última palabra. La tiene la vida, en su esplendor solar.

El otro es todo

Occidente siempre ha tenido una gran dificultad en acoger al otro. Su estrategia predominante ha sido negarlo, ya sea mediante la incorporación, el sometimiento o la pura y simple destrucción. El carácter imperial de Occidente se funda en su presunción de ser el mejor en todo, la punta más avanzada del espíritu en el mundo, como escribió Hegel.

Pero en Occidente encontramos también otra vertiente que lo cura de esta arrogancia: la tradición judeocristiana. En esta tradición el otro es todo porque a través de él se da el amor y en él se esconde Dios que también se hizo otro. En ella se dice: "Haz justicia al huérfano y a la viuda... Amad también al extranjero pues fuisteis extranjeros en Egipto" Todos estos son el otro, el otro más otro por ser oprimido.

Incluso para quien no tiene fe, esta tradición posee una relevante función humanizadora, pues establece con el otro una relación constructiva e inclusiva. En el fondo, todo pasa por el otro, pues sin el diálogo con el tú no nace el verdadero yo, ni surge el nosotros que crea el espacio de la convivencia y de la comunión. La exclusión del otro está en la base del terror moderno, ya sea económico o político-militar.

La relación con el otro suscita la responsabilidad. Es la eterna pregunta de Caín, el asesino de Abel: „¿Acaso soy yo responsable de mi hermano?" Sí, situados ante el otro, ante su rostro y sus manos suplicantes no podemos evadirnos: tenemos que responder. Eso es lo que significa la palabra responsabilidad, dar un responsum, una respuesta al otro. El otro hace surgir en nosotros la ética. Nos obliga a una actitud de acogida o de rechazo. La ética es la filosofía primera, al decir de Emmanuel Lévinas.

La mayoría de las filosofías de Occidente se centran en la identidad, reservando poco espacio para la alteridad. Por eso la ética está siempre de menos. Tal carencia asumió, por ejemplo, forma trágica en el filósofo Martin Heidegger, en quien se notó un lastimoso vacío de la dimensión ética. Para él, el ser humano es el "pastor del ser", no el "guardián de su hermano". Adhiriendo al nazismo al ser rector de la universidad de Friburgo y confrontado más tarde al hecho, sólo supo decir: „antes vestía camisa marrón (la de los nazis), pero fue un error". ¿Sólo un error?

Para todos los que hemos aprendido tanto de su pensamiento genial, tal frase suena desprovista de sentimiento de responsabilidad y, por eso, de densidad ética. Lo que hubo, en realidad, fue más que un error; fue falta de ética principalmente al tolerar que profesores judíos o sospechosos de serlo fuesen retirados de sus cátedras y de haber hecho poco o nada para salvar a su maestro y orientador Edmund Husserl.

El mundo no está hecho solamente de personas que yerran y se equivocan. Trágicamente también está hecho por personas culpables y anti-éticas, que no saben dar al otro una respuesta con responsabilidad. Por eso hay tragedias en la historia. Este legado occidental de la tradición judeocristiana, centrada en el otro, nos ofrece una de las bases para la convivencia posible y necesaria en el mundo globalizado. La base debe ser ética más que política. Una coalición de valores que se funde en la hospitalidad y en la acogida incondicional del otro como otro, en el respeto de su cultura y en estar dispuestos a una alianza duradera con él. O hacemos esto o perderemos las razones para vivir juntos en la misma Casa Común. Y, en ese caso, sí podríamos ir fatalmente al encuentro de lo peor.

La era de la ética

Las imágenes de torturas a prisioneros iraquíes, por demá cotidianas, según el NY Times del 31 de mayo, en las prisiones estadounidenses, son reveladoras del descalabro ético al que hemos llegado. Tienen mucho que ver con la crisis de nuestro paradigma civilizatorio. En efecto, la era que está terminando se fundó en la voluntad de conquista y dominación de los otros y de la naturaleza, recurriendo casi siempre a la violencia directa. El capital, la acumulación privada de bienes materiales, el consumismo, la competición, la exaltación del individuo y el saqueo de los recursos naturales caracterizan esta era. Junto a valores irrenunciables, no se puede desconocer un legado perverso: una humanidad barbarizada y dividida entre incluidos y excluidos, una Casa Común saqueada y el montaje de una máquina de muerte capaz de destruir el proyecto planetario humano y de afectar profundamente al sistema-vida. Todo indica que ya ha realizado sus virtualidades históricas. Sin capacidad de persuasión, necesita usar la violencia para mantenerse, lo que agrava su situación. Si queremos garantizar nuestra presencia en el proceso evolutivo, necesitamos otro arreglo civilizatorio, que nos cree condiciones de futuro y de sostenibilidad.

En otras palabras, necesitamos una revolución en el sentido clásico de la palabra, es decir, establecer una nueva utopía, un nuevo rumbo con otras estrellas-guía que orienten la caminada, esta vez la de la humanidad como un todo. Aunque con pretensiones de universalidad, todas las revoluciones anteriores han sido regionales. Ahora es necesario que sea global porque globales son los problemas y exigen ser resueltos globalmente. Es urgente, porque el tiempo del reloj corre en contra nuestra. O la hacemos dentro del tiempo marcado (la ONU da de plazo hasta el año 2030, Johannesburgo hasta el 2050) o será demasiado tarde. El sistema-Tierra-Humanidad perderá sostenibilidad. Lo impensable puede volverse probable.

¿En base a qué se hará esta revolución? Cristovam Buarque, nuestro político-pensador, nos da la pista correcta. Refiriéndose a la segunda abolición, la de la pobreza, escribió: necesitamos "una coalición de fuerzas que se hará mucho más por razones éticas que por razones políticas".

Pensando en la situación mundial equivale a decir: necesitamos urgentemente una ética planetaria para garantizar nuestro futuro común. ¿Cómo se hará eso? En estas breves líneas no vamos a dibujar su perfil; lo intentamos en nuestro ensayo, Ética planetaria desde el Gran Sur (Trotta 2001), fruto de muchos intercambios.

Pero, ante todo, necesitamos una utopía: mantener la humanidad re-unida en la misma Casa Común, en contra de los que quieren bifurcarla haciendo de los diferentes, desiguales y de los desiguales, desemejantes. Luego tenemos que potenciar el nicho en el que irrumpe la ética: la inteligencia emocional, el afecto profundo (pathos) donde emergen los valores. Sin sentir al otro en su dignidad, semejante y próximo, jamás surgirá una ética humanitaria. Después hay que vivir, día a día, por encima de las diferencias culturales, tres principios comprensibles por todos: el cuidado que protege la vida y la Tierra, la cooperación que hace que dos y dos sean cinco y la responsabilidad que vela por las consecuencias de todas nuestras prácticas para que sean benéficas. Y, por fin, alimentar un aura espiritual que dará sentido al todo. La nueva era será la de la ética o no será.

¿Qué es el ser humano?

¿Quiénes somos? Cada cultura, cada saber y cada persona busca una respuesta. La mayoría de las comprensiones son insulares, rehenes de cierto tipo de visión. Sin embargo, las contribuciones de las ciencias de la Tierra, englobadas por la teoría de la evolución ampliada, nos proporcionaron visiones complejas y totalizadoras, insertándonos como un momento del proceso global, físico, biológico y cultural. Pero no acallaron la pregunta, al contrario, la radicalizaron.

Pero ¿quiénes somos? El ser humano es una manifestación del estado de energía de fondo, de donde todo proviene (vacío cuántico), un ser cósmico, parte de un universo entre otros paralelos, articulado en nueve dimensiones (teoría de las cuerdas), formado por los mismos elementos físicoquímicos y por las mismas energías que componen todos los seres, habitante de una galaxia, una entre doscientas mil millones, dependiente del Sol, estrella de quinta categoría, una entre otras trescientas mil millones, situada a 27 mil años luz del centro de la Vía Láctea, cerca del brazo interior de la espiral de Orion, que mora en un planeta minúsculo, la Tierra.

Somos un eslabón de la corriente única de la vida, un animal de la rama de los vertebrados, sexuado, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especie sapiens/demens, dotado de un cuerpo con 30.000 millones células, continuamente renovado por un sistema genético formado a lo largo de 3.800 millones de años, portador de tres niveles de cerebro con diez a cien mil millones de neuronas, el reptil, surgido hace 200 millones de años, alrededor del cual se formó el cerebro límbico hace 125 millones de años y completado finalmente por el cerebro neocortical surgido hace cerca de 3 millones de años, con el cual organizamos conceptualmente el mundo, portador de una psiqué con la misma antigüedad que su cuerpo, que le permite ser sujeto, psiqué estructurada alrededor del deseo, de arquetipos ancestrales y de todo tipo de emociones y coronado por el espíritu que es aquel momento de la conciencia por el cual se siente parte de un todo, que lo hace siempre abierto al otro y al infinito, capaz de crear y captar significados y valores y de preguntarse sobre el sentido último del Todo, hoy en su fase planetaria, rumbo a la noosfera por la que mentes y corazones convergirán en una humanidad unificada.

Nadie mejor que Pascal (+1662) para expresar el ser complejo que somos: "¿Qué es el ser humano en la natureza? Nada comparado con el infinito y todo comparado con la nada, un eslabón entre la nada y el todo, pero incapaz de ver la nada de donde es sacado y el infinito hacia el que es atraído”. En él se cruzan los tres infinitos: lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande y lo infinitamente complejo (Chardin). Siendo todo eso, nos sentimos incompletos y naciendo todavía. Estamos siempre en la prehistoria de nosotros mismos. Y a pesar de eso experimentamos que somos un proyecto infinito que reclama su objeto adecuado, también infinito, llamado Dios.

Y somos mortales. Nos cuesta acoger la muerte dentro de la vida y el drama del destino humano. Por el amor, por el arte y por la fe presentimos que hay algo que va más allá de la muerte. Y sospechamos que en el balance final de todas las cosas, un pequeño gesto de amor verdadero que hayamos hecho vale más que toda la materia y la energía del universo juntas. Por eso, sólo tiene sentido hablar, creer y esperar en Dios si Él es sentido como prolongación del amor, en forma infinito.

¿Qué es el espíritu?

Para entender lo que es espíritu debemos superar la comprensión clásica y la moderna y valorizar la contemporánea. La clásica dice: el espíritu es un principio sustancial, al lado de otro principio material, el cuerpo. Espíritu sería la parte inmortal, inteligente, con capacidad de trascendencia. Convive un determinado tiempo con la otra parte, mortal, opaca y pesada. La muerte separa una parte de la otra, con destinos diferentes: el espíritu para el más allá, la eternidad, y el cuerpo para el más acá, el polvo cósmico. Esta visión es dualista y no explica la experiencia de unidad que vivimos. Somos un todo complejo y no la suma de partes. La concepción moderna dice: el espíritu no es una sustancia, sino el modo de ser propio del ser humano, cuya esencia es la libertad. Seguramente somos seres de libertad porque plasmamos la vida y el mundo, pero el espíritu no es exclusivo del ser humano ni puede ser desconectado del proceso evolutivo. Pertenece al cuadro cosmológico.

Es la expresión más alta de la vida, sustentada a su vez por el resto del universo. La concepción contemporánea, fruto de la nueva cosmología, dice: el espíritu posee la misma antigüedad que el universo. Antes de estar en nosotros está en el cosmos. Espíritu es la capacidad de inter-relación que todas las cosas guardan entre sí. Forma urdimbres relacionales cada vez más complejas, generando unidades siempre más altas. Cuando los dos primeros topquarks comenzaron a relacionarse y a formar un campo relacional, allí estaba naciendo el espíritu. El universo está lleno de espíritu porque es reactivo, panrelacional y auto-organizativo. En cierto grado, todos los seres participan del espíritu. La diferencia entre el espíritu de la montaña y el del ser humano no es de principio sino de grado. El principio funciona en ambos, pero de forma diferente.

La singularidad del espíritu humano es ser reflexivo y autoconsciente. Por el espíritu nos sentimos insertados en el Todo a partir de una parte que es el cuerpo animado y, por eso, portador de la mente. A nivel reflejo, espíritu significa subjetividad que se abre al otro, se comunica y así se autotrasciende, gestando una comunión abierta, hasta con la suprema Alteridad. Definiendo: vida consciente, abierta al Todo, libre, creativa, marcada por la amorosidad y el cuidado, eso es concretamente el espíritu humano. Si espíritu es relación y vida, su opuesto no es materia y cuerpo, sino muerte y ausencia de relación. Pertenece también al espíritu el deseo de encapsularse y rechazar la comunicación con el otro. Pero nunca lo consigue totalmente porque vivir es forzosamente con-vivir. Aun negándose, no puede dejar de estar conectado y de conectarse.

Esta comprensión nos hace conscientes del vínculo que liga y religa todas las cosas. Todo está envuelto en el inmenso proceso complejísimo de la evolución, atravesado en todas las etapas por el espíritu que emerge, cada vez, bajo formas diferentes, inconsciente en unas y consciente en otras.

En esta acepción, espiritualidad es toda actitud y actividad que favorece la relación, la vida, la comunión, la subjetividad y la trascendencia rumbo a horizontes cada vez más abiertos. Al final, espiritualidad no es pensar en Dios sino sentir a Dios como el Vínculo que pasa a través de todos los seres, interconectándolos y constituyéndonos, a nosotros y al cosmos.

Espíritu Creador

Entender la realidad como una intrincada urdimbre de relaciones, como vimos en nuestro artículo anterior, es situarse en el seno de esa experiencia que permitió a la moderna cosmología hablar de espíritu. En eso coincide con las tradiciones transculturales de la humanidad. Spiritus para los latinos, pneuma para los griegos, ruah para los hebreos, mana para los melanesios, axé para los iorubá y nagô de Africa y sus descendientes en las Américas, wakan para los indígenas dacotas, ki para los pueblos de Asia nororiental, qì para los chinos, poco importan los nombres, nos referimos siempre a una energía originaria que pasa a través de todo, que hace del universo un inconmensurable organismo y se manifiesta como realidad emergente, fluctuante y abierta a lo nuevo. En una palabra, como vida y espíritu.

El animismo (animus=espíritu) fue el que captó esta dimensión de la realidad. Como concluyeron renombrados antropólogos como E. B. Taylor, el animismo no configura una visión mágica, antes bien, es una manera coherente de leer el universo y cada cosa a partir del principio de interacción, de la vida y del espíritu. Nosotros los modernos también somos, a nuestro modo, animistas en la medida en que vivenciamos el mundo afectivamente y no sólo como objeto neutro. Todo tiene valor y transmite un mensaje, los animales, los árboles, los vientos, las casas y las personas. Todos ellos poseen, por su presencia, un dinamismo que nos afecta y nos hace interaccionar. Son portadores de "espíritu" porque hablan y están cargados de simbolismo. A causa de esta irradiación es posible la poesía, el arte y la inspiración en todos los órdenes del conocimiento hasta el más formalizado de la física.

El chamanismo surge de esta lectura de la realidad. El chamán no es simplemente un entusiasta, sino alguien que tiene acceso a las energías cósmicas y a través de sonidos, ritos y danzas las hace benéficas para los seres humanos. Cada uno posee su dimensión chamánica que, despertada, nos ayuda a sintonizar con el equilibrio dinámico de todas las cosas. Cuando hablamos de espíritu humano, no nos referimos a una parte sino al todo del ser humano, a su modo de ser autoconsciente, capaz de percibir totalidades y de ser un nudo de relaciones, dirigido hacia todas las direcciones.

La Fuente originaria de todo ser ha sido llamada con frecuencia Espíritu. Decir "Dios es Espíritu" es expresar a Dios en el marco de la vida, de la comunicación, de la creatividad, de la pasión y del amor. Vale decir, aquella Energía que subyace a todas las demás energías, llena todos los espacios y tiempos y continuamente crea y recrea es el "Spiritus Creator". Los cristianos en su credo profesan: "creemos en el Espíritu Santo, Señor y Fuente de vida". La expresión "Señor y Fuente de vida", expresa la conexión del Espíritu con la vida y el "espíritu" en la creación. En nosotros se revela como entusiasmo (en griego, tener un Dios dentro). El Espíritu está en todas las cosas y todas las cosas en el Espíritu. Este es el pan-en-espiritualismo, similar al pan-en-teísmo (que no es panteísmo).

De Oriente nos viene este pequeño poema que traduce bien la mutua presencia: "El Espíritu duerme en la piedra, sueña en la flor, despierta en el animal y sabe que está despierto en el ser humano". Tal visión nos propicia una fecunda mística cósmico-ecológica. Nos encontramos inmersos en un campo de absoluta Energía que alimenta las energías del universo y nuestra propia energía vital y espiritual.

Política es cuidado

Gran parte de la actividad política actual se ordena a llegar al poder y, una vez en el poder, a promover la reelección. Se deforma así la naturaleza de la política como búsqueda común del bien común. O peor, se sitúa más allá del bien y del mal, haciendo el bien cuando es posible y el mal siempre que sea necesario. Pero hay que denunciar este ejercicio perverso del poder político. Max Weber, en su famoso texto La política como profesión, ya nos lo había advertido: Quien hace política busca el poder. El poder como medio, al servicio de otros fines, o el poder por sí mismo, para disfrutar del prestigio que otorga. Este último modo de poder político fue ejercido históricamente por nuestras elites a fin de beneficiarse de él, olvidando al sujeto de todo poder, que es el pueblo.

Necesitamos rescatar el poder como medio al servicio de objetivos humanos. Sólo ese poder es ético. Es imperativo, pues, elegir políticos que no hagan del poder un fin en sí, para su provecho, sino la mediación necesaria para realizar el bien común, a partir de abajo, de los excluidos y marginados. El paleocristianismo llamaba a esto liturgia, que quería decir: servicio al pueblo, agradable a Dios.

En este contexto queremos recuperar la figura sin par de político de los tiempos modernos, Mahatma Gandhi. Para él la política es un gesto amoroso para con el pueblo que se traduce por el cuidado con el bienestar de todos a partir de los pobres. Él mismo confiesa: Entré en la política por amor a la vida de los débiles; viví con los pobres, recibí parias como huéspedes, luché para que tuviesen derechos políticos iguales a los nuestros, desafié reyes, olvidé las veces que estuve preso. En este tiempo de elecciones, saber cuáles son los proyectos que se proponen cuidar del pueblo constituye el criterio para elegir al presidente que necesitamos. En verdad Brasil necesita a quien cuide del pueblo. Hasta ahora predominaba una política que cuidaba de la estabilización monetaria, de la inflación, de la deuda externa y de nuestra inserción en el proyecto mundo. Todo sin escuchar al pueblo.

Que no se diga que tal diligencia representa cuidado para con el pueblo. Su situación empeoró, prácticamente en todos los aspectos sociales. Lo cual significa que nunca tuvo centralidad. Cuidado meticuloso y materno lo hubo, sí, con los bancos y el sistema financiero, que tuvieron lucros exorbitantes. En lugar de cuidado, lo que hubo en la política fue administración de las demandas populares, atendidas de forma paliativa, más para apagar la inquietud y ahogar la revuelta justa que para atacar las causas de la devastación que padece.

El cuidado con el pueblo exige conocer sus entrañas por experiencia, sentir sus urgencias, compadecerse de su miseria, llenarse de ira sagrada y escuchar, escuchar, escuchar. Debería haber un Ministerio de la Escucha. Ahí deberían estar los discípulos de Paulo Freire y no los seguidores de Pavlov y de Skinner. Escuchar las sagas del pueblo, las soluciones que encontró, el Brasil que quiere. Y quiere bien poco: trabajar y, con su trabajo dignamente pagado, comer, vivir, educar los hijos, tener seguridad, salud, cultura y tiempo libre para apoyar a sus equipos y celebrar sus fiestas y cantares los fines de semana. El pueblo merece ese cuidado, esta relación amorosa que aleja el miedo, da confianza y realiza el sentido más alto de la política.

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'¿Cuál mundialización?'''

Los pueblos de Porto Alegre y los pueblos de Davos-Nueva York luchan por la globalización. ¿Cuál globalización? Los poderosos, que por eso son poderosos, se apropiaron de la palabra globalización y le impusieron un significado que sirve a sus intereses. Es el proceso mundial de homogenización del modo de producción capitalista, de mundialización de los mercados y de las transacciones financieras, de entrelazamiento de las redes de comunicación y del control mundial de las imágenes y de las informaciones. La lógica que lo preside es la de la competición de todos contra todos. Aquí reside el drama formulado por el genetista francés Albert Jaquard: “El fin de una sociedad es el intercambio. Una sociedad cuyo motor es la competición es una sociedad que me propone el suicidio. Si me pongo a competir con otro no puedo intercambiar con él, debo eliminarlo, destruirlo.”

Eso es exactamente lo que está ocurriendo con la mundialización propuesta por el pueblo de Davos-Nueva York. O usted está en el mercado competitivo, vence y existe, o usted es derrotado, desiste y no existe. Entre las víctimas de esta lógica se encuentra casi la mitad de la humanidad, condenada a la exclusión despiadada y desprovista de cualquier sostenibilidad. ¿Puede ser humano un proyecto global que elimina a los humanos o los convierte en mero carbón –recordando al añorado Darcy Ribeiro- de la máquina productiva?

Frente a esta crueldad, adquiere dignidad ética la alternativa propuesta por el pueblo de Porto Alegre. Niega ese tipo de mundialización tiranosáurica. Propone otra globalización que pasa por la solidaridad a partir de abajo, por la mundialización de los derechos humanos, por la socialización de la democracia como valor universal, por el control social de los capitales especulativos; pasa, igualmente, por la aplicación en todas las economías de la tasa Tobin, por la creación de instancias de gobierno mundial, por la universalización del cuidado para con la Tierra y con los ecosistemas y por la valoración de la dimensión espiritual del ser humano y del universo. El pueblo de Porto Alegre se convierte así en guardián de la humanidad mínima. Afirma la posibilidad real de vivir juntos como humanos y nos muestra cómo debemos pasar de la conciencia de nación y de clase a la conciencia de especie y de planeta Tierra. Solamente este tipo de mundialización construye la Tierra como Casa Común de los humanos y de toda la comunidad de vida.

Esta propuesta de mundialización se adecua al pensamiento más contemporáneo que se orienta por el nuevo paradigma científico, pues ve la mundialización como una nueva etapa de la Tierra y de la Humanidad. Los pueblos estaban en diáspora por los continentes, enraizados en sus Estados-naciones. Ahora han comenzado a moverse y a encontrarse en un único lugar, la Tierra Casa Común. Y no tenemos otra.

Ya en 1933 escribía proféticamente Teilhard de Chardin: “La edad de las naciones ha pasado. Si no queremos morir, es hora de sacudir los viejos prejuicios y construir la Tierra.” Queremos construir la Tierra prolongando el dinamismo que la ha venido formando desde hace miles de millones de años. En efecto, somos fruto de un proceso evolutivo de 15.000 millones de años, proceso único, complejo, contradictorio (caótico y armónico) y complementario, que entrelaza a todos los seres en redes de relaciones, fuera de las cuales nada existe. La flecha irreversible del tiempo va mostrando una dirección: la emergencia de órdenes cada vez más complejos, auto-organizados, interiorizados y convergentes de vida y de creatividad. Tierra y Humanidad forman una única entidad, exactamente como los astronautas testimonian cuando ven la Tierra desde fuera de la Tierra. El ser humano es la Tierra que en un momento de su evolución comenzó a sentir, a pensar, a amar y a venerar. Por eso hombre viene de humus, tierra fecunda. Ahora estamos elaborando esta conciencia terrenal y planetaria.

Esta comprensión nos proporciona la base experimental y científica para entender la presente mundialización en curso. Es un momento avanzado de un proceso anterior y mayor de convergencia de energías, dinamismos e intencionalidades que están actuando desde el comienzo de la cosmogénesis y de la biogénesis. La mundialización crea las condiciones para un salto cualitativo de la antropogénesis: la irrupción de lo que Teilhard de Chardin llamaba noosfera: la creación de una nueva armonía entre los humanos, en la que técnica y poesía, producción y espiritualidad, corazón y pensamiento encuentran una nueva sintonía más alta y más sinfónica.

El mérito del pueblo de Davos-Nueva York fue haber creado las condiciones materiales para ese salto. Pero no saltó. El mérito del pueblo de Porto Alegre fue haber mostrado su posibilidad y haber iniciado los primeros movimientos de ese salto. Y el salto finalmente llegará porque es lo que debe ser. Y lo que debe ser tiene fuerza.

La pregunta central del siglo XXI

La pregunta de vida o muerte que va a atormentarnos durante el siglo XXI será seguramente ésta: ¿qué tipo de sociedad urge inventar en la cual podamos caber todos, incluida la naturaleza? Para una respuesta sostenible necesitamos de la sinergia de todos los saberes y sistemas.

El modelo no puede ser la sociedad vigente, estructurada por el capitalismo de mercado. Por ser extremamente competitiva y no cooperativa, más excluye que incluye. Lo confirma el informe sobre Desarrollo Humano de la ONU de 1999. La diferencia entre los 5% más ricos de la población mundial y los 5% más pobres era en 1960 de 1 a 30; en 1990 de 1 a 60, y en 1995 de 1 a 74. El conocido biólogo de la biodiversidad E. Wilson comenta: Para que con la tecnología existente el resto del mundo alcanzase el nivel de consumo de los Estados Unidos serían necesarios cuatro planetas iguales a la Tierra (El Futuro de la Vida, Barcelona, 2002). Pero debemos incorporar de ella las muchas conquistas que ha conseguido.

Para una alternativa viable los economistas del sistema no son consejeros fiables. Ellos trabajan con números que ocultan las contradicciones. Para ellos, la economía real, la de mercado, medida por el PIB y por el consumo per capita, produce riqueza que aumenta día a día. Y, como hemos visto antes, profundiza la desigualdad. Para la otra economía, la de la naturaleza, medida por el Índice del Planeta Vivo y por el estado general de la biosfera, la riqueza está disminuyendo día a día. El Fondo Mundial para la Naturaleza calculó que entre 1970 y 1994 la economía natural cayó en un 30%. A partir de 1990 la tasa de caída era de un 3% al año. Y este nivel persiste o empeora. Tales datos, que para la economía de mercado son llamados externalidades, tienen pesadas consecuencias: podrán amenazar la biosfera e inviabilizar el futuro de la humanidad y con él la economía de los economistas. A pesar de eso, la colaboración mayor para la humanidad no viene de la economía de mercado, sino de la economía de la naturaleza. Hay cálculos macroeconómicos que han calculado el valor de los servicios prestados a la humanidad por el conjunto de los ecosistemas. En 1977 un grupo de ecologistas y de economistas sensibles a estas cuestiones estimó en 33 billones de dólares/año el valor de la contribución de la naturaleza. Esto representa casi el doble del producto mundial bruto, que fue del orden de 18 billones de dólares. En otras palabras: si la humanidad quisiese sustituir los servicios de la naturaleza por recursos artificiales, necesitaría aumentar el PIB mundial en por lo menos 33 billones de dólares, sin decir que tal sustitución sería prácticamente imposible.

La respuesta a la pregunta inicial sólo podrá venir de un nuevo paradigma de sociedad mundial, de una nueva óptica de las cosas que de origen a una nueva ética (vale el juego de palabras). Sobre esto volveremos próximamente. Mientras este proceso, que ya está en curso, no triunfe necesitamos cobrar del sistema imperante todo lo que él nos pueda dar. Y tiene mucho que dar, aunque dé muy poco, como se vio en la Conferencia de la ONU de Monterrey. Para ayudar a los pobres, que son mayoría, el gobierno norteamericano destina apenas el 0,01% de su PIB, mientras los europeos, más generosos, no llegan al 1%, excepto Dinamarca con un 1,06%.

La preocupación salvacionista está en gran parte a cargo de grupos privados, las grandes agencias de protección de la naturaleza. Se estima que existen actualmente más de 30.000 ONGs con compromisos humanitarios y ecológicos. Pero esta responsabilidad debería ser de todos, de la humanidad y de los Estados. Por ejemplo, para implementar una política de conservación global bastarían 30.000 millones de dólares/año. Eso representaría sólo una milésima del PIB mundial. Un científico, Daniel H. Janzen, sugirió introducir un impuesto de un centavo por cada taza de café, que sería suficiente para financiar la conservación y administración de las reservas naturales existentes.

Terminemos con las palabras de optimismo de E. Wilson: Una civilización capaz de intuir la existencia de Dios y de iniciar la colonización del espacio seguramente encontrará un medio de salvar la integridad de este planeta y las magníficas formas de vida que abriga (obra citada, página 208). ¡Que suceda! ''' Fuente''': desde Mayéutica Educativa realizamos un selección de artículos del sitio personal de Leonardo Boff el cual recomendamos visitar y explorar profundamente.